• Cristián Ritalin León

Weight conspiracy

No hay caso. El mundo se confabuló para que mi pesa se quedara estancada. La dieta, bien gracias, pero con la cantidad de cosas que he tenido últimamente, me hace ojitos y se ríe cuando me subo. Se queda quieta la muy desgraciada.

Pero… A ver: primero estuvo la salida a comprar ropa para el bautizo de Nicolás, que nos terminó sentando el sábado en el Caramaño (se los recomiendo a ojos cerrados: comida chilena muy bien preparada y una atención de lujo; al frente del Tallarín Gordo, en Bellavista). Cuatro horas más tarde, mi cuñado el chef se lucía con la recepción que hicimos para celebrar tamaña santidad. Y uno que no es de fierro… métale sushi, brochetitas, tártaros y champaña. Porque hay que celebrar, pues! Las razones no faltan nunca, oiga. Al día siguiente, ¡zas!, se me aparece en frente una Pizza argentina. No como las argentinas; ¡ar-gen-tina! de verdad. Con muzzarella de aquellas y tal. Otro punto más para la anti-dieta. Toma. Y anoche, ni hablar. La despedida de mi jefe que se va a Estocolmo por 4 meses –y mi ascensión interina como Director Creativo por el mismo período)- nos mandó a hacer salús y a comer tablas árabes al Antojo de Gauguin. Un restorán de comida árabe/étnica/de autor que es de los mejores del recién inaugurado Patio Bellavista. Así que mi balanza sigue pegada en los 8 kilos que bajé. Quedan 4, al menos, y son los que más cuestan… Pero ya no sé si es una forma de decir, o efectivamente a los 8 kilos te empiezan a bombardear tentaciones como estas. ¿Epílogo? El lunch de hoy en el Tiramisú. Deséenme suerte. Uf. La voy a necesitar.

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