• Cristián Ritalin León

Tic. Tac. Tic. Tac.

Tiempo no me ha faltado. Seguramente es ese típico “ataque de la hoja en blanco” que ultimamente me hace postear cada vez menos. O será que están pasando tantas cosas que no se por donde agarrarlas, darles forma y poner “post”. A ver, pero ordenémonos. Algo va a salir.

Son las 21.30 y estoy frente al PC. Suena raro decir “pc”. Ocho años dicendo “mac” con orgullo, y zas que me topo otra vez con Mr. Gates. Porque la Romi estaba aburrida del Casa de Herrero; y porque Sebastián… Uf. Sebastián entra al colegio. Esta semana. Eso es lo que me tiene plop. Y desde ahora; hace re poco! Hoy mismo, me llegó el zumbido de imágenes que se me vienen en las próximas dos décadas. Colegio. Mis hijos en el colegio. Al segundo le falta, eso sí. Pero no. No me quiero diluír. Volvamos a ordenarnos: Hoy en la mañana hice algo que hace tiempo que no hacíamos: me levanté a una hora “menos indecente” (11 am?), tomé desayuno con Sebastián -que, para los que no leen tan seguido este blog, es mi hijo de 5 años; el hermano del otro, de 1, y mediohermano/mediopapá de la hija peluda y con cola que me sigue como sombra-, le pasé un pañito a la moto, le pasé su casco amarillo, mis anteojos para manejar de noche, y nos fuimos los dos despaciiiito por Los Leones, doblamos en Irarrázabal, y llegamos justo-justo al inicio de la Obra de Teatro que, como todos los domingos, dan gratis en la Casa de la Cultura de Ñuñoa. Tiempo de calidad padre/hijo. Y ahí me partió todo. Porque la Romi viene hace meses con el cuasi llanto de que su “niñito” ya va a entrar al colegio. Y a mi, la verdad, como como que no me llegó… Hasta que lo miré de reojo, viendo la obra, y me cayó la teja. Mi hijo entra al colegio. Flashback de la guata de la Romi. Sebastián entra al colegio. Flashback de sus rulos rojizos saliendo de la guata. La Romi casi en coma; el doctor serio que me dice “cúidelo”, con un tono que me sonó más a papá viudo que a otra cosa. Mi hijo mayor, mi guagua… entra al colegio. Y hoy, en el Jumbo, cuando veíamos su MOCHILA, su COLACIÓN y hablabamos de los LAPICES y LISTA DE UTILES, asumí. Con todo. Plop. Mi hijo entra al colegio. Es tan típico eso de las viejas que te miran y te dicen “¡uuuy, qué increíble, si yo lo conocí de guaguita!”… Así me siento. Como una de esas viejas que te agarran los cachetes y te dicen a 4.000 decibeles que “¡Uuuuuuy, que grande que estáaas!” El tiempo se me congeló, pasó en Fast Forward y volvió a congelarse cuando mi hijo se rió por un chiste de los actores. Mi hijo entra al colegio. Compañeros. Pruebas. Luego polola. Trabajo. Y cuando vuelves a tocarte la mejilla, todavía roja por los dedos de la tía esta, tu hijo está con otro hijo en los brazos riéndose por un chiste en una obra de teatro infantil. Wow. Y yo aquí escribiendo. Los dejo. Voy a ir a mirar al otro nene -Sebastián salió con la Romi a probarse los PANTALONES DE COLEGIO-. Le voy a agarrar la mejilla despacito y le voy a decir: “¡uuuuy, que chico que estáaaas”… Y seguro que se ríe. Seguro, porque le encanta cuando hago el payaso. Pero yo se lo voy a decir en serio. Con un nudo en la guata. Porque, apenas me de vuelta, va a estar preguntándome si le presto el auto.


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