• Cristián Ritalin León

Giant-hot-dog effect

Cuando chico mi abuelo me llevaba a ese local que está al lado del cine Pedro de Valdivia (QEPD), a comer hot-dogs. Pero no cualquier hot-dog: era el hot-dog más increíblemente grande que te puedas imaginar. O al menos así lo veía a los 7 años. Cuando el mozo me lo traía, me quedaba varios minutos mirándolo, sin saber como empezar; o por dónde morder primero. Era tan gigante, que sólo atinaba a mirarlo. Ahora, 24 años más tarde (sí, usé mis dedos), estoy con la misma sensación frente a mis pendientes. Y si miro para el lado, veo rumas de libros sin leer. Communication Arts que todavía no termino de hojear. Sitios que mi Google Reader me recuerda eternamente que todavía no veo… Efecto hot-dog gigante.

Flashback. Quito estuvo increíble. A la vuelta creamos un grupo en Facebook donde todavía se siguen subiendo fotos haciendo salud, celebrando, o simplemente mirando con caras de intelectual al presentador de turno. El lugar estuvo de lujo; la ciudad me encantó. La comida, uf, mejor ni hablar: nunca más como camarones. Ni cuyis. Pero por razones totalmente distintas. Ahora me toca viajar nuevamente como jurado de los AMAUTA, y obvio que voy a aprovechar de quedarme el resto del fin de semana. En una de esas aprovecho que son vacaciones de invierno y parto con la Romi y Sebastián. Who knows. Pero por lo pronto, el efecto hot-dog gigante me paraliza. Tantas presentaciones que terminar; tantas pegas que se están haciendo a la vez. Tantos emails que contestar, cosas que ver… Me abruman los jueves de hot-dog gigante. A ustedes no?

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