• Cristián Ritalin León

Fortress

La respiración llegando espesa a tus oídos sumergidos en el agua. Abres los ojos, y frente a ti los dedos de tus pies se ven como repasados por un destacador dorado. Recortados en el atardecer de cielo malba. Y el silencio. No te puedes olvidar de ese silencio con aroma a hierba y paz. Un silencio sólo interrumpido por el murmullo de los árboles, allá lejos. Un susurro mínimo. Como el de un puñado de hojas. De hojas que trae tu ejecutivo bajo el brazo. Por el pasillo. Un brief. Pega. … Abro los ojos. Estoy frente al computador. Rayos. … Todos tenemos un lugar especial. Un rincón donde nos recargamos, sacándonos de encima las responsabilidades y los problemas y la neura. Para algunos es su ciudad natal. Para otros, la casa de los viejos. Su antigua pieza. O la cama. O hasta un café. No sé. No importa. Es un espacio. Un estado mental sin el cual es imposible seguir el ritmo santiaguino. En mi caso, mi pastilla roja es un lugar: la parcela de mis tíos en Isla de Maipo. Una casa estilo georgian albísima, lejos de los autos y el ruido y el humo. Mucho pasto verde. Una hamaca. Una piscina celeste, casi blanca. Cielo celeste, casi blanco. Una biblioteca llena de libros sin leer, listos para ser disfrutados frente a la salamandra en invierno, o el sofá del living que, unido al sonido del agua de la escultura zen y la música suave, te invitan a no moverte más de ahí. Y Leer. Y dormir. Y hacer un picoteo rico y caminar con la bandeja desde la casa hasta la mesa larga bajo el parrón sintiendo ese aroma a campo y a verano y a paz. Ese es mi lugar especial. Mi recargador natural. Y se nota, porque el lunes vino dando porrazos y no me importó. Andaba recargado. Y, para mi total paz mental, vuelvo este viernes por otras mini-vacaciones. ¿Y ustedes? ¿Tienen un lugar de recarga? Yo tengo dos. La parcela… y otro más cerquita: un bergiere blanco -que era de mi tatarabuelo- frente a mi cama, donde leo o le doy la papa a Nicolás mientras escucho música. A mi espalda, la unión de los dos ventanales -siempre abiertos en verano- me traen el aroma de las camalias en la noche, y el sonido de los árboles de allá abajo, que tratan de imitar mi otro lugar de relajo… Y, de no ser por el agua y el aire puro, casi lo logran. Pero no del todo. Por eso quiero volver. Luego.

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