• Cristián Ritalin León

cuentos.doc

Como les comenté en algun momento, mi libro está chantado en algún lugar de Madrid, mientras mi editora busca quintas patas de gatos y demás. En fin. Por lo pronto, avocado a mi libro de cuentos cortos, posteo uno de los cuentos que tengo en duda si va o no en la recopilación. Bon apetit.

“SUEÑO”, por Cristián León.

El sueño había sido tan real que me tomó varios segundos darme cuenta de que estaba en mi cama. Completamente solo y a varios kilómetros de ella. Ella…. No quería seguir pensando en ella. Simplemente no podía seguir sintiendo la ola de emociones que me inundaban con sólo pensar en su nombre. En sus ojos. En su pelo.

Me bajé perezosamente de la cama mientras buscaba con la vista nublada el control de mi equipo. Al encender el CD, Pearl Jam retumbó en los parlantes casi al mismo tiempo en que mi vieja comenzaba a gritar para que bajara el volumen.

“Magdalena…” No podía dejar de ver esos ojos; esos labios tan tersos y perfectos diciéndome que ya no más. Que no quería hacerme daño…

El agua corría a borbotones por mi espalda. El vapor del espejo mostraba mis ojos oscuros mirando fijo, pero viendo mucho más lejos del baño; de mi casa… del tiempo mismo. La veía delante de mí, con esa cara que era simplemente imposible de no besar. De no acariciar…

De no querer.

“No te quiero hacer daño”, fue la ultima palabra que oí de ella un segundo antes de que la puerta del ascensor se cerrara y el tercer piso desapareciera para siempre. Tatuado en mis pupilas como acero.

Como hirviente y puro acero.

¿Por qué soñaba con ella justo ahora?…. Miré mi reloj y me puse a pensar en qué estaría haciendo ella en ese preciso momento. Nunca dejé que esos celos idiotas salieran a flote. ¡Nunca!, pero el pensar en ella con alguien más, conversando hasta las nueve de la mañana como hace tanto tiempo nosotros dos lo habíamos hecho…

Pero no. Era imposible.

Lo mejor era no pensar en nada más y salir de ahí. Olvidarse de todo y de todos, y simplemente salir de ahí.

Tomé las llaves del auto y rogué porque mi viejo no hubiera salido en él… Pero ahí estaba: el Hyundai blanco, el mismo auto en el que la había pasado a dejar la vez que nos conocimos. La vez…

Malditos recuerdos. Malditos sentimientos.

¿Qué miedo podía sentir para dejarme?, me preguntaba mientras corría a más de 120 kilómetros por hora (Ahora lo sé. En ese momento todo sucedía en cámara lenta, mientras mi cabeza pensaba demasiado deprisa). Habían pasado casi dos semanas desde la última vez que la había visto -en persona, al menos- y no había tenido el valor de ir a verla otra vez.

“No quiero herirte…”.

Pensé mil veces en lo que significaba. ¿había alguien más?… Ella me había jurado que no. Casi había llorado cuando se lo pregunté. ¿Qué era entonces tan espantoso, tan prohibido como para separarnos; como para hacerla bajar la vista y llorar mientras se cerraba el ascensor que me llevaría al mismo infierno; a su olvido…?

No podía creer que ella no me llamara. Al principio, pensé en olvidarme de todo por unos días y dejar que ella misma se diera cuenta de su error. ¡Pero no había pasado!. ¿Cuántas veces había llegado hasta su puerta, incluso tocado el timbre y esperado oír su voz?.. Pero nunca contestaba ella.

Nunca ella.

Finalmente, iba a su departamento. No me iba a detener ni aunque una muralla se formara entre ella y yo. No había nada en el mundo capaz de detenerme. Necesitaba verla. Solo verla… Aunque fuera para oír nuevamente esa frase que no podía irse de mis oídos, y que me rondaba como una bruma de recuerdos, risas y besos que no se iban.

Y que, sabía, no se irían nunca.

Entré a Manquehue como un bólido, esquivando autos y bocinazos que no existían en mi cabeza. Sólo podía ver sus mechones oscuros bañando su cuello siempre perfecto y siempre oculto por esa bufanda que había llegado a querer. Su sonrisa se me plantó en los ojos al cruzar Isabel La Católica y no me dejó hasta que pisé el suelo del estacionamiento.

La reja estaba abierta, y entré. Mejor, me dije. No podría siquiera recordar mi nombre si era ella quien contestaba el citófono.

Tomé la escalera con la adrenalina retumbando en mis sienes y mis manos sudando a raudales…

Al llegar al tercer piso me detuve en seco. ¡La puerta estaba abierta!. Me asomé y no pude contener un grito ahogado: Vacío.

Corrí por el pasillo y casi boté a una mujer que salía de un departamento. Pidiéndole disculpas le pregunté qué había pasado con la mujer que vivía en el 31. Cabello negro no muy largo; ojos cafés…

“No.. aquí no vive nadie desde hace mucho. De hecho creo que nunca…”.

¿Mucho?… No podía ser mucho, si recién el jueves pasado había estado bajo su balcón; había visto luces. Le di las gracias a regañadientes y entré corriendo al departamento. Algo, cualquier cosa, podía darme una pista de dónde se había ido.

El departamento estaba sucio y descascarado. Como si alguien hubiera destrozado todo. O como si realmente estuviera abandonado… ¡desde hace años!.

No había siquiera marcas de muebles, y telarañas colgaban por todo el lugar como si verdaderamente hubiera estado abandonado hace mucho tiempo.

Demasiado tiempo.

¿Qué había pasado ahí?…

Recorrí todas las piezas; cada cuarto en busca de un trozo de papel, una carta. Algo que me dijera dónde había ido o por qué se había ido tan de improviso.

Recordé extrañado que la supuesta amiga con la que vivía nunca había sido más que una voz que contestaba la puerta; una persona que vivía encerrada en su pieza y que nunca había visto. Sólo oído, o vislumbrado muy a la rápida, como una sombra, cuando ella se iba o yo pasaba por su pieza.

La cabeza me daba vueltas. No entendía qué había pasado. ¿Y si la llamaba a su celular?… Busqué como energúmeno su número de teléfono. Hubiera jurado que lo tenía anotado en un trozo de papel en mi billetera…

Pero el papel estaba manchado. Ilegible.

“No quiero herirte”… Sus palabras resonaban a cada paso que daba. Cada intento desesperado por no caerme. Por no perder la cordura mientras entraba a su pieza y veía algo que no podía ser cierto.

Una luz manaba de todo. Cubría todo. Era como si cada cosa -porque en su pieza todo estaba en su lugar-, cada ápice del cuarto fuera algo irreal. Fantasmal, pero lleno de un fulgor increíblemente hermoso.

Ella estaba en medio de la pieza, con las manos a cada lado y esa mirada que hacía que no púdieras contemplarla y respirar al mismo tiempo.

Aturdido, intenté decir algo, pero no salió sonido alguno de mi boca. Me fijé en su traje blanquecino, tan albo que dolían los ojos si se miraba fijo. En su pelo alborotado, tan brillante… pero tan oscuro que lanzaba brillos azulados.

Me miró con la misma mirada que me había dado segundos antes de despedirme, hacía trece días exactos.

“Te dije que no volvieras… Que no quería herirte”, fueron sus palabras. Eran como un eco. Como un sueño… ¡Como el mismo sueño que acababa de tener!.

La noche ya había llegado a sus espaldas, y la luna intentaba en vano competir con la luz que manaba de ella. De sus ropas. De sus cosas…

¿Cuánto tiempo había estado ahí, frente a ella?..

Finalmente se acercó a mí y desplegó sus alas blancas. Perfectas. Era el ser más hermoso que había visto en mi vida. Más aún que antes, porque era algo sobrenatural. Algo que no debía ver alguien como yo, un simple humano. Y, aún así, algo… alguien, que me contemplaba con un amor y una ternura que me quitaron todo miedo.

Me acerqué a ella y toqué su cabello. Lentamente, como levitando, la tomé en mis brazos y la besé. Fue como besar una nube…. Fue como siempre.

No dije nada más. Ella me miró una vez más y repitió esas palabras que tenía frente a mí día y noche: “No quería herirte”.

Se soltó lentamente de mí y desapareció. Tan deprisa como la noche se hizo día la vez que nos conocimos. Tan fugaz como el tiempo junto a ella, se evaporó de la realidad y la luz de la luna entró por una ventana ahora vieja y carcomida.

Me di vuelta y comencé a reír. Reí como un loco. Con una risa que cargaba la pena de perderla otra vez y el amor que le tuve desde mucho antes de haber nacido. Mucho antes de haber elegido ser un humano común y corriente y dejado de ser un ángel. De haber hecho mi elección y haberla perdido por tanto tiempo… Aún antes de que el tiempo fuera tiempo.

Algún día nos reencontraríamos, y ambos lo sabíamos… pero ni mis sueños ni su realidad habían sido capaces de esperar ese tiempo.

“No quería herirte…”

Pero no aquí. No en esta vida.

“No quería…”

No en este mundo, amor. Y lo sabes.

Me alejé con la mente demasiado despejada como para seguir viviendo. No podía seguir siendo lo que era luego de recordarlo todo… De volver a tener mis recuerdos. Recuerdos que no cabían en una persona, que pertenecían a un ángel, y que pese a todo habían aguantado todo el fulgor y el amor que siempre tuve sin ningún problema, en este cuerpo de humano.

“Los humanos pueden amar como nosotros, pero no recordar como nosotros”, me dije. Y me creí.

Ambos lo sabíamos. Ella y yo, lo sabíamos desde siempre. Era nuestro destino: alguno de los dos tendría que ir en busca del otro.

Miré mis manos y me asomé a la ventana con los pies demasiado cerca de la cornisa.

“No me heriste, amor… Simplemente me hiciste reaccionar”.

No quería seguir ahí. No sin ella.

Reí una vez más y pensé en todo lo que dejaba atrás… ¿lo dejaba realmente?… No. Nadie de los que amaba se quedaría aquí por mucho tiempo. También se irían, tarde o temprano, a reunirse con el resto.

Así, mientras levantaba las manos y miraba la luna, pensé en sus ojos y en su pelo. En su aroma y en sus manos. En su sonrisa… y me dejé caer.

Era hora de volver.

Santiago, 30 de Agosto de 1999. 17:45 p.m.

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