• Cristián Ritalin León

Downtown

Tengo un trauma con el centro. Desde chico. Quizás producto de las eternas compras escolares, o de los inmamables recorridos pre navidad acompañando a mis viejos, que invariablemente terminaban con mis pies hechos bolsa de tanto arrastrarse por un Santiago nocturno que no me gustaba nada… O quizás porque siempre que voy, la gente cruza con luz roja, y eso me empelota. O quizás el smog. O quizás los edificios chorreados de gris. No sé. No importa. Porque hoy, el centro era otro. Capaz que porque el centro de las 10 no es el centro de las 8, ni el de la 1, ni mucho menos el de las 6 y media. Es más tranquilo. Y lento. Y amigable. Es otro centro. Un centro con árboles limpios y blancos sin hojas que se ven totalmente distintos a los árboles grises sin hojas que recordaba. Los maniceros en sus carritos cromados, moviéndose entre un vapor blanquecino, recortados contra un cielo blanco y deslavado de cine arte. Los adoquines reflejando la luz de los edificios cromados que -perdóname, Assadi-, en lugar de competir con los edificios antiguos, los complementan en un Ying/Yang que jamás me di el tiempo de ver. Hoy me paseé por sus calles anchas al lado de la Alameda. Disfruté caminar por adoquines y ver la arquitectura antigua pintada de luz de 10 am. A su gente mirando diarios y su aroma a vainilla y galletas tip-top.

Hoy, hice las paces con el centro.


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