• Cristián Ritalin León

Un jueves loco que se creyó sábado.

Luego de un par de semanas agotadoras, con mucho trabajo y full revisores, ayer por fin tuve un tiempo para relajarme. Primero, una mañana que, para mi señora al menos, sería el trabajo ideal: pasear por los malls –con mi equipo de cuentas de Mall Plaza-, tomar helados y mirar vitrinas. Con chofer y todo. Chúpate esa. Y todo para fines publicitarios, of course… pero igual relajado. Un punto para el jueves. De ahí, volver a la agencia a la 1, sólo a revisar los emails y salir nuevamente para un lunch programado hace tiempo con mi buen amigo G –el que tiene una productora de sonido acá cerca-. Y como el eterno Bambú estaba cerrado por vacaciones, terminamos en el sepiterno Liguria de Thayer Ojeda. ¡Qué lugar más rico, el Liguria! O estás en las mesitas de afuera cual ciudadano francés –aunque si eso te gusta te recomiendo mejor el de Pedro de Valdivia; tiene más árboles-, o te metes dentro de este lugar con sabor a casona añosa-pero-nueva, con un pianista de los antiguos tocándote música suave al ritmo de los tenedores y la conversa. Otro punto para el jueves. Una Kross, ensalada fresca con locos y un excelente helado de miel de ulmo -2do. helado del día- amenizaron una conversación de esas que suelo tener con G. Porque los dos estamos siempre locos de trabajo y no nos juntamos muy seguido. Así que la puesta al día es siempre entretenida. Además, estando en paradas tan distintas de la vida (él 33, recién terminando una relación muy larga; yo 29, casado y con 2 hijos), como que te pones en la perspectiva del otro. Interesante ejercicio. Así que de eso hablamos. De la vida de cada uno. Y luego de los libros que hemos leído, y las películas que hemos visto. Y de Santiago y el mundo. Agradable lunch, este. Ya van tres puntos para el jueves. Y luego, volver y toparme con que el sistema del edificio –¿inteligente?, nah- nos tiene sin baños, sin agua… y sin aire. Uf. Así que justo cuando mi reloj marcaba las 4.30, mi moto salía del estacionamiento y se perfilaba hacia Kennedy a 90 por hora, con ese vientecito de velocidad que es casi tan rico como un piquero a esa hora de calor.

¿Aló Romi, nos juntamos?… Y, zas! otro punto para este jueves loco que se creyó sábado y que terminó con el sabor de un tercer helado, el aroma del viento tibio de la tarde… y la sensación de haber disfrutado el día a concho.


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