• Cristián Ritalin León

Signum fidei

Este fin de semana, funeral del papa y demás, me di cuenta que pese a todo lo que critico a la iglesia, pese a todos los años sin confesarme ni ir a misa, ver la cantidad de fieles en Roma, a todos los grandes mandatarios ¡y a TODOS los lìderes religiosos del mundo! juntos y en paz -aunque sea por un día- me, por decirlo fácil, conmovieron. Y dio la casualidad -de esas casualidades que no pueden ser tal-, que este sábado fue la confirmación de mi primo. Y, otra casualidad, su padrino fue el sacerdote de la diócesis. Así que terminamos comiendo torta codo a codo. Con el funeral del papa todavía en la retina, sumado al reportaje de la Qué Pasa -comentado también por la Pame , nos pusimos a conversar justamente de todo lo que me ha alejado de la iglesia: los dogmas, la pedofilia, la política, los errores… Y quedé asombrado del conocimiento y la visión de este Sacerdote -que, otra coincidencia, se llamaba Padre Cristián-. El tipo conocía cada uno de los libros que yo leí -y que más tarde me alejaron de la Iglesia. El tipo, siendo sacerdote y todo, tampoco estaba de acuerdo con muchas de las cosas que pasaban dentro de la Iglesia… Pero aún así, estaba ahí. Cambiándola junto a cientos de otros sacerdotes. Me invitó a ir a la Iglesia. A darle otra oportunidad, crítico y todo… Y acepté. Acepté por todo lo que me dijo. Por todo lo que hablamos… Y por algo que me contó y que me dejó helado: El Padre Cristián, hace muchos años, viajó a Roma con el arzobispo de Santiago. En esa ocasión, también de casualidad, conoció a un cardenal que ¡oh sorpresa!, era muy amigo del papa… Así que tuvo la increíble oportunidad de verlo, de hablarle. El papa lo miró con sus ojos celestes -con una mirada totalmente en contraposición a su cansado cuerpo- y le dijo sólo una cosa, con la misma voz con que proclamó en el Estadio Nacional que había que “mirarlo a él”: ¡¡Si no eres santo, no vale la pena ser sacerdote!!

I rest my case. Todos somos imperfectos. Criminales y violadores hay en todas partes… Pero que exista una institución que al menos intente hacer algo bueno por la humanidad -independiente de la cantidad de errores en los que han caído, porque finalmente NOSOTROS y no los vejetes del 1500 somos la Iglesia-, hace mirarla y pensar que a lo mejor vale la pena tener algo en qué apoyarse para ser mejores personas.

De más está decirles que el domingo fui a misa. Segunda fila. Me confesé -o mejor dicho hablé con el padre-, comulgué después de más de 10 años… y, al final del día, sentí un alivio increíble. No por sentir que me haya acercado a la Iglesia nuevamente… Sino que, por primera vez en mi vida, sentí que fue la Iglesia la que se acercó a mi.

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