• Cristián Ritalin León

Feliz abstemiedad!

(ó: “Cof Cof Cooooof, feliiiiiz enfermedaaaaad!!”) Este jueves caí en cama con principio de amigdalitis. Y como el doctor me dejó full antibióticos (ni ahí con dar abrazos por teléfono), estuve obligado a pasar una navidad de abstemio. Y. Qué se le va a hacer. Pero no se crean que la falta de alcohol destiñó la celebración. Nah. De hecho estuvo bastante buena. Como siempre, la organizamos donde mis tíos franceses, con sus Pere Noel, su full style y el soundtrack a cargo de Cocoon (un grupo francés que se toca un chill out increíble) y Hotel Costes. Fue una noche de luz tamizada, ceviche peruano, el increíble pavo hecho por mi abuela… y el broche de oro con los postres de la Romi y mi mamá (en esta ocasión, Panna Cota y Suspiro Limeño), que compensaron la falta del ya clásico Bellini navideño. Luego de los postres, las mariposas en la guata. Las mismas que se me deben haber quedado guardadas en mi niñez; de más, espacio hay harto para perderse ahí dentro. Siempre me sorprende el asunto de los regalos. La producción; la cantidad. El consumo hecho paquete, antecedido del clásico “vamos a buscar al viejito pascuero” de los niños, que da paso a un blur de cajas de color, crujidos de papel y olor a bicicleta nueva. Veinte minutos después, apenas y se ve el arbol detrás de los regalos. Y debo decir que este año me hizo más feliz regalar que recibir regalos. A mi abuela, que vive sola con la nana desde que mi tía abuela murió, le regalé un canario precioso que la dejó con una sonrisa que no se le quitó en toda la noche. ¡Y Sebastián! feliz con cada cosa que le llegó: la bicicleta de Bob Esponja (de parte de mis viejos), el computador, un batman, un flash, una pistola de agua de Los Increíbles… Y no importaba si lo que abría era una polera o un juguete, andaba feliz y gritandole las “graschiash” al viejito pascuero. De hecho aproveché de regalarle una matraca artesanal que vi en el Drugstore y me encantó y pensé que me iba a tirar por la cabeza… pero no. Hasta eso le gustó. Pechocho mío. A la Romi le regalé un modelo de Swatch que al golpearlo con el dedo hace que las manecillas den vueltas y busquen un “te quiero mucho” “poquito” o “nada” en francés, para volver luego a marcar la hora. Le encantó. Luego, un freezer (para todos, no se crean mi machismo) y una agenda de Hello Kitty que la dejó con cara de niña de 10 años emocionada. ¿Qué le pasa a las mujeres y Hello Kitty?… Eso está como para un post completo. En fin. Mientras ayudaba a mi hijo a abrir sus regalos, veía de reojo a mi hermano chico (10 años) abriendo papeles con cara de Gollum. Un energúmeno en cuatro patas que rompía cintas y papeles como si el mundo se fuera a acabar, olfateando su nombre en las tarjetitas y abalanzandose sobre los pobres regalitos con su nombre. Una máquina del consumo. En la otra esquina, el ying de este yang: la Vale, mi hermana de 9, peinando su muñeca nueva (mientras no peine la muñeca de verdad…) y probandose ropa tranquilamente. A un lado, mis tíos intercambiando regalos del estilo… ¿te acuerdas de ese cuadro famoso que te encanta? ¡¡feliz navidad!!… Y agendas Viuton y cajitas Polo y bolsitas Boss. (Mi cabeza cantaba “Si te sobra un poquito…”) Al otro lado del árbol, mi vieja mirando su celular nuevo casi con el soundtrack de “2001, odisea espacial” de fondo. Mp3, cámara, video… y yo mirando a la Pepa (mi otra hermana, la de 23) preguntándonos si le regalamos un “Cell phones for Dummies” o qué. Mi mamá es de esos cuasi extintos especimenes que nunca en su vida han tocado un computador. De las que vive del “play” y el “stop” del vhs; que los dvds los ve de lejitos y que recién está aprendiendo a leer mensajes de texto. Porque de escribir uno, ni hablar. Anyway; a mí me llegó el anhelado MP3 player, un Tommy Summer, una fondue, algo de ropa y el nuevo Siemens Gigaset que me regaló mi viejo. Un inalámbrico que parece celular –yo tenía el modelo del 2000, que parece cafetera al lado de éste- y al que sólo le falta que te conteste solo y deje recado. Re guay, joderrrr!!! El domingo (que no puedo creer que no haya sido sábado, porque quiere decir que el 26 se trabaja; altiro, sin anestesia ni prólogo post navidad), la tarde se me licuó entre la piscina de “Il Pappo” de la Romi, los niños salpicando a los perros y los grandes durmiendo siesta. Osea, un almuerzo a la antigua. Un buen prólogo para esta navidad abstemia, regalada y celebrada. Salú.

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