• Cristián Ritalin León

Downtown`s tourist

Yo, que vivo a 10 minutos de mi oficina y tengo absolutamente todo lo que un adulto-joven-profesional- con-hijos-y-perro puede desear al alcance de la mano, rara vez me aventuro por el centro de Santiago. ¿Para qué, si tengo el Parque Arauco, Blockbuster, Integramédica, Farmacias Cruz Verde y cine Hoyts cerca? Así que hacerlo, es casi como ir a turistear. SO… a falta de panoramas para hacer este sábado, tuve la genial idea de tomar a Sebastián, subirnos a una micro como para romper la rutina… y deambular por Santiago cual turistas. Y cual gil, porque sabía que tanto el precio de la micro como el nombre de las calles del centro eran un absoluto signo de interrogación en mis neuronas. Pero igual partimos. Primero nos bajamos en la pileta gigante que instalaron en Tajamar. Con fotos y todo. De ahí, tomamos otra micro (esta vez una de Transantiago; él feliz), y nos dedicamos a aplanar el centro tomando un clásico helado de máquina, con mi hijo gritando como barraco cuando vio a un tipo disfrazado de Barney. Y nada de “pobrecito Sebastián”; sino pobre el tipo terneado que tuvo la mala ocurrencia de pasar justo en el ángulo del helado de vainilla y quedó con su traje estilo Adidas, con dos rayas blancas de lado a lado. Sebastián siguió corriendo, así que apenas y le alcancé a tirar unas servilletas, gritando un ¡sorry! mientras trataba de agarrar al pendex este. Ya más calmado, caminamos por fuera del Municipal (no pude explicarle por qué no dan “La Caperucita Roja” ni por qué no podíamos entrar en-este-momento), un par de cuadras más hasta la Iglesia San Francisco, seguimos con un vitrineo de chiches en tienditas; power rangers con tolueno en la calle… Hasta que llegamos al final de Merced. Donde empiezan las disquerías trendy, las librerías y, oh yes, se perfila al fondo de la calle el insuperable Emporio La Rosa. Así que nos sentamos de espaldas al Parque Forestal, aprovechando los últimos calores de la temporada, y mientras tomaba una Socos –Sebastián hacía lo suyo con una cocacola en lo que para él, más que vaso usaba un florero- quedé en juntarme con la Romi y el baby ahí mismo.

El lunch que siguió estuvo rodeado de vespas, famosillos y mucha mucha gente haciendo cola en el lugar por los helados increíbles del lugar. El Emporio en sí es eso: de no ser por las mesitas afuera, un clásico y añoso almacén (aunque su logo, avejentado, dice un genial “desde 2001”). Pero ojo: un almacén tan trendy como el barrio. Con pastillitas droste, frascos de pomodoro italiano y panes de Le Fournil.

Luego de una ensalada espectacular que llevaba varios tipos de lechugas hidropónicas, rúcula, brotes, pavo y hasta pétalos de flores ($3,500, paso el dato; las pastas igual de ricas y baratas), pasamos al plato fuerte del lugar: los helados.

Helados de frambuesa con pimienta; Rosas; té verde con mango; chocolate con amarana; frutos del bosque; Nutella y el clásico de miel de Ulmo –este último lo tienen en el Liguria-. Sabores increíbles y ultrarecomendados que nos encaminaron, ya pasadas las 4, por la calle Lastarria mientras revisábamos la oferta de los anticuarios del sector.

Me encantó el barrio. Me encantó que hubiera disquerías especializadas con sofás gigantes para relajar las orejas y probar lo que te llevas. Los teatros, las tienditas. Me encantó el centro turisteado. Voy a repetirlo el próximo sábado (me contaron que el cheescake de chocolate del Abarzúa es mundial). Lo encontré hasta bonito, sin la locura y los ruidos semanales. Se los recomiendo absolutamente para cuando tengan un tiempo. O para salir de lo típico.


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