• Cristián Ritalin León

Crash, baby.

Salí de la oficina a las 9 de la noche. Noche. Que heavy, se nos vino el otoño. Pero no hacía frío. Andaba con la camisa arremangada mientras cruzaba Los Leones rumbo a mi depto. De pronto, un poco más allá, veo una mancha de agua. Agh. La moto recién lavada. Trato de hacerle el quite… Pero no es agua. Es aceite. Crash. Bang. Pung. Chispas. La moto que se va volando hacia una esquina del pavimento y yo, cual superman de tierra, deslizándome por esta viscosidad oscura en cámara lenta. Un metro. Dos metros. Tres metros. La moto suena duro al chocar contra la vereda. La doy por perdida. … … Me levanto. Mis zapatillas, rojas hace 3 segundos, ahora están negras y brillantes. Mi camisa quemada… Pero mi piel no. La adrenalina no me deja saber si me pasó algo más. Me miro. Me acerco a la moto y saco el control que sigue colgando de mi bolsillo. La apago. La apago! Sigue funcionando. La levanto. No veo que tenga más que un par de magullones. Conteo: un espejo salido, dos rayones en la moto y un codo pelado. Rodillas moreteadas. Luces, motor, y el resto de mi asustada humanidad, intactos. Plop. Entonces me doy cuenta de que nadie ha venido. Nadie ha parado. Todos siguen en su rutina yo-yo. Nadie me pregunta cómo estoy. Han pasado más de 3 minutos y todo sigue como si nada. Me sangra un poco la barbilla. Cosa poca. Un raspón. Abro la cajuela -por gracia divina ando con el celular guardado y no en mi bolsillo- y llamo a la Romi. Vente en el auto. Ahí hay gasa. Alcohol. No, no sé como estoy… pero me siento bien. Dos minutos más tarde, llegan tres pendex de unos 18 años preguntando como estoy. Si quiero que llamen a una ambulancia. Vieron las chispas desde el departamento y pensaron que fue algo fuerte. Yo también. Todavía no lo puedo creer. El freno derecho está plano por el roce. Vi chispas. Vi mis manos resbalándose casi media cuadra… Y las tengo intactas, gracias al mismo aceite que me hizo caer. Pero lo que más me impresiona es la gente que sigue pasando. Los autos como hormigas de ojos de luz que no bajan ventanillas ni para copuchentear. Me impresiona el tipo que perdió aceite y no avisó a nadie. Llamo al 133 y les aviso. No vaya a haber otro accidente. Media hora más tarde, con la moto libre de aceite y las heridas con alcohol, la Romi me “escolta” hasta el depto, donde efectivamente veo que nisiquiera mis anteojos están rotos. Me salió barato darme cuenta lo poco que nos importa los demás. Me salió barato el asco que me dio Santiago esta noche.

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