• Cristián Ritalin León

Alas en Tu Espalda. Una novela.

En vez de pelearla con mi editora (eternallyyy….), prefiero dejar “macerando” Factor Vampiro y darme otra vuelta por lo fantástico, pero desde otro plano totalmente distinto. Viendo Constantine me acordé de esos relatos épicos de la lucha del bien y el mal, los ángeles y el destierro de Lucibel… Y empecé esto.

Esta vez, los comments son un MUST!. Necesito backups para torcerle la mano a la editorial.

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León ALAS EN TU ESPALDA

UNO ::

Crucé el espacio que separa lo eterno de lo real como una saeta. Como si mis alas fueran acero y cortasen el tiempo envolviéndome en su mortalidad. En la realidad que se formaba a mi alrededor en sangre y huesos; piel y carne que nacían en mi pensamiento y que se convertían en verbo puro. Me deslicé por la nada y volví a sentir el aire. El tiempo. Las alas en mi espalda se replegaron y desaparecieron tras los tendones que nacían, la piel que comenzaba a envolver mi conciencia como un arrullo tantas veces sentido y dolido. Tantas veces, durante siglos antiguos; y tan oscuros que su solo recuerdo hizo que le volviera la espalda; que me encerrara en mi propio Ser… Hasta el día de hoy, cuando nazco otra vez como humano.

Pero esta vez no llevo una espada en mi mano, y mis brazos se abren cantando al sol que sale a lo lejos tras una montaña traspasada de hielo. De colores puros. De vida.

Canté al sol y al cielo que me cubrían nuevamente y, por primera vez en mucho tiempo, volví a sentir el frío. La brisa gélida que me lanzó su cruel susurro recordándome el hambre, el dolor y la muerte que tantas veces mancharon mis manos de desesperanza y dolor. La guerra…

Cerré mis ojos húmedos e intenté olvidar el olor a carne quemada. Los gritos desgarrados de los demonios que crujían al peso de mis botas de hierro. El salvador. El héroe de manos ensangrentadas y espada rota colgada al cinto; destrozada de tanto ser azotada contra las cabezas y los cuellos de los enemigos de bocas fétidas y cuernos deformes.. Habíamos ganado, eones atrás. Habíamos replegado la turba de demonios, enviándolos a los más recónditos escondrijos; al centro mismo de la tierra… pero nunca me había podido sentir un vencedor ante mí mismo, hasta que mi propio perdón me hizo volver los ojos una vez más hacia el mundo temporal. Mis ojos. Los usé por primera vez para buscar cobijo en la realidad que se formaba sobre, delante y en mí. Ojos oscuros como la noche que se perdía montaña abajo y que se alejaba de mis pies que, poderosos, cruzaban la nieve como si siempre lo hubieran hecho. Como si no hubiesen sido recién creados.

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